Hace más de doce años me encontré con un toro de ónix hermoso. Era más claro de lo normal, estaba lleno de luz y pesaba tanto como lo que significaba: uno de los primeros adornos que compraríamos juntos para nuestro espacio.

En total, tres casas vieron pasar a ese toro por los estantes de mi hogar. Pero nunca pensé que su siguiente lugar sería una bolsa de basura.

Este año ha sido de romper cosas. He roto ideas, lealtades invisibles, etiquetas que me puse sin darme cuenta. He roto expectativas, relaciones, ilusiones y miedos. Incluso cosas que no sabía que tenía que romper.

No sabía que tenía que romper ese toro, pero ayer lo rompí.

Y justo ahí entendí que, tal vez, el universo me estaba hablando; tal vez ese cuerno que se cayó primero hace unos años, y que dejé sin arreglar, fue un aviso.

Tal vez ahora que se rompió por completo, es la forma en que la vida me dice: lo que fuiste ya no cabe aquí. Gracias por guardarlo tanto tiempo. Pero ya puedes soltarlo.

¿Soltar qué?…
El toro de ónix claro se rompió, y con él, algo que ya no necesito cargar.

Lo tomaré como un recordatorio para mí:
cuando algo se rompe, no siempre es pérdida.
A veces, es liberación.

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