Yo no sé si le ha pasado esto a muchas personas o solo me pasa a mí, pero en mi afán de hacer todo lo que tengo planeado para mi vida y lograrlo, me olvido que tengo que disfrutar el proceso.

Hoy nada menos, me escribió alguien que hace mucho no se manifestaba y me dijo que estaba remodelando el lugar que usa para hacer home office, y mi respuesta fue muy simple: «disfruta el proceso».

¿El consejo habrá sido para él o para mí?. Mira, la verdad es que me considero una persona muy capaz de hacer todo, absolutamente todo lo que me proponga, pero luego, -mucho más de lo que me gustaría- me entran las ganas de atascarme y en ese afán por crear, viene la procastinación por no saber cómo empezar.

¡Dios! ¿por qué a mí?… de repente, el líquido de mi taza se empieza a derramar, y entonces… entonces vienen los demonios. La persona dentro de mí que está gritando con fuerza a través de mi cuerpo, que por favor ponga en orden las cosas. ORDEN.

Me pasa que llegar a este momento, en donde mis dedos deslizan sobre el teclado, me hace sentir por un lado, viva; entra aquí mi visión de ser una gran escritora y dejar sobre «papel» un legado de las historias que me cuento en la cabeza.

¿En papel?

Por otro lado, estuve escribiendo un rato en mi libreta de abeja reina y me sentí tan bien, porque lo hago con puño y letra. Sí, tal vez con mucha energía, pero no me salen las palabras de una manera tan fácil y fluida como me sale hacerlo aquí.

Quiero todo.

Y no, no he perdido el hilo del proceso. Solo quiero acomodar mis ideas y compartir lo que el encuentro digital de hoy con aquel muchacho al que «le di un consejo», se convirtió en la remodelación de mi propio home office: mi mente.


Deja un comentario

Soy Sara

Me encanta escribir para ti.

Let’s connect