Últimamente he sentido que el Universo me habla. No sé qué está pasando conmigo, pero este año ha sido -dentro de muchas cosas- mágico.
Hace unos días reflexionaba cómo la vida se encarga de poner en nuestro camino a personas que al decir «hola», nos sanan el alma; personas que nos recuerdan la importancia de poner los pies en la tierra, pero sobre todo, que está bien ver el retrovisor para saber de dónde venimos y enfocarnos hacia dónde queremos ir; incluso, valorar todo lo que hemos avanzado y que a veces por la rutina, se nos llega a olvidar.
Me gusta mucho la gente mágica y tengo la fortuna de encontrarla constantemente. Ayer fue uno de esos días:
- Estaba en una clase y me desesperé mucho porque después de dos semanas de no haber ido, mi cuerpo se notaba aletargado y no estaba concentrada para dar lo mejor de mí. La expresión de mi cara me delataba y el maestro no dudó en decirme: «Sara, respira, no viniste en un buen rato; sé paciente contigo misma, ¿a poco sientes que eres la misma que cuando llegaste?
- No. Soy mejor. -Retrovisor-
- Más tarde, en la comida, hablaba con un gran amigo de algo que me pasó hace unas semanas. Indignado, me regaló unas palabras que, aunque salieron desde su enojo, me ayudaron a recordar algo: «valórate»
- Por la noche, tuve una clase de inglés con mi profesor Eduardo y le conté de lo mucho que me gusta escribir; él me dijo que hace muchos años también lo hacía, hasta que murió su padre. Incluso, me dio una analogía hermosa de la escritura: «Esbribir lo que sientes es como una radiografía de la persona que has sido con el paso del tiempo. Es similar a una fotografía, ésta retrata tu físico; la escritura, tu alma».
Me gusta la gente mágica, pero hoy fue diferente: en vez de decir «hola», dije adiós.


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