Una curita para el corazón

Regresa a ti reencontrándote con tus pasiones.

Gracias, constelaciones

Regularmente mi rutina va de despertarme a las 5 de la mañana, leer, meditar, hacer un poco de ejercicio y ser mamá: despertar a las niñas, hacer el lunch, el desayuno, desesperarme porque “ya no hay tiempo” y salir en friega para llegar temprano a la escuela.

Después de eso, manejar más de una hora para llegar al trabajo, lo normal en la Ciudad de México; luego regresar por ellas a la escuela, comer, tarea, seguir con el trabajo, darnos tiempo de calidad y dormir.

Siempre me he considerado una persona muy afortunada por todo lo que tengo cerca y lo que he construido, pero también estar a marchas forzadas hacía que el poco tiempo que tenía libre, me llevara a caer en los excesos. Excesos de todo tipo: felicidad, tristeza, nostalgia, y en general, emociones desbordadas que no me permitían llevar una vida equilibrada y, sobre todo, sana.

Recuerdo las veces que mi mente se iba a escenarios desastrosos y hacían que se apoderaran de mi cuerpo llevándome a hacer cosas que inconscientemente elegía porque sí.

Puse en riesgo mi vida muchas veces; más de las que me gustaría. Pensé que no me quería, incluso me etiqueté con adjetivos que no eran justos y, por supuesto que no me corresponden ni correspondían.

Después de muchos años de ir a terapia con psicólogos, psicoanalistas, sociólogos, coaches, etcétera, me topé con alguien que me llevó a algo que no conocía: la auto compasión.

Más allá de buscar una respuesta y seguir culpándome, decidí hacer lo que me recomendaron: no juzgarme, saber que la vida es un proceso de aprendizaje y consciencia y que necesito hacer algo con mi energía que no tenga que ver con hacer negocio y que me ayude a canalizarla de manera correcta; es decir, encontrar algo sano que encienda mi alma -y no lucrar con ello-.

Entonces descubrí algo que había perdido hace mucho tiempo: mis hobbies.

Cuando era pequeña, solía ir a clases de jazz y la verdad es que era una tremenda bailarina con capacidad nata para contar los tiempos del uno al ocho sin que se me doblaran los pies y, además, con ritmo. La manera en que me gustaba bailar era tal, que mi mamá sabía perfectamente que no había mejor forma de castigarme que no llevándome a mis clases. Pero, con el tiempo, la única que se castigó a ese grado fui yo.

Este año decidí encontrar algo que encendiera mi alma, y lo hice. Combiné el ejercicio yendo a clases de pádel un par de días a la semana, más mis talleres de literatura y escritura, y te juro por Dios, que me cambió la vida. Una curita para el corazón.

Yo no sé si los demás lo noten, pero lo que yo veo en mí, son cambios tan significativos que en este tiempo he sentido cómo el amor por mí, ha evolucionado de manera importante; me he valorado más alejándome incluso de personas que no me suman; me he visto al espejo con más alegría; he disfrutado más a mis hijas y a mi familia; me he vuelto más apasionada por mi trabajo y por mí misma.

¿Que si los pequeños hábitos pueden hacer grandes cambios? La respuesta es simple: SÍ.

Gracias.

Fotografía de mi pala a lado de la pelota feliz tomada con mi celular

Deja un comentario

Soy Sara

Me encanta escribir para ti.

Let’s connect