Era temprano, me desperté como de costumbre a leer, hacer mis treinta minutos de ejercicio, bañarme y dedicarme a mis hijas antes de llevarlas a la escuela.
Se hizo tarde, pero tenía que sacar la basura orgánica; era importante porque el bote estaba lleno, pero en el estacionamiento, se rompió la bolsa. Subí por dos más y eso nos retrasó para salir.
Ellas, desesperadas, no entendían por qué era tan importante sacar la basura en vez de tomar el ascensor de vehículos para emprender nuestro camino.
—No puedo dejar la basura, porque podrían bajar las ratas— dije.
—Pero las ratas no pueden bajar. Imagínate, sería asqueroso— replicó Sofi.
—Las ratas pueden entrar en todos lados, su cuerpo es súper elástico.
Febrero ha sido un mes parecido a un parque de diversiones; un sube y baje de emociones bárbaro. Mi perrita enferma, las niñas con cambios de humor repentinos, yo con prisas. Y en esas prisas, un golpe de reversa al coche.
Le atribuyo estos infortunios a las pesas que me regaló un amigo. Eran de su ex novio; me pasó la carga sin querer.
Pero ese día, en especial, estaba cargado de una energía interesante. Tenía una comida importante, así que salí temprano de la oficina para encontrarme con las personas con las que quedé. Llegué al centro comercial, estacioné el coche, y justo antes de salir, me dije, “hoy dejaré mi computadora adentro, al fin estoy en un centro comercial seguro”, la escondí, y lo cerré.
Comí y pasé un rato delicioso, pero el postre no me lo esperaba. Me lo dieron al regresar a mi auto aderezado con una sorpresa al ver que estaba abierto. Lo primero que pensé fue en mi computadora. Y en efecto, al voltear para buscarla dentro de mi mochila (porque sí estaba mi mochila), no la encontré. La presión se me bajó y en ese momento le llamé a Dani de Sistemas para avisarle lo que había sucedido y borrara toda la información, pues la computadora era del trabajo.
También pedí auxilio en el centro comercial. Aunque dicen por ahí, que es muy común que ese tipo de “infortunios” sucedan seguido. En fin, me fui a casa pues mis niñas estaban a punto de llegar.
Con un sentimiento interesante, entre enojo y alivio porque mi computadora ya estaba muy vieja y necesitaba un cambio, me dirigí a casa y le conté a mi familia lo que había sucedido. Les contaron a las niñas.
Una hora más tarde llegaron a casa. Segura de sí misma, Sofi me dijo:
—Tenías razón, mami, las ratas caben en todos lados, hasta en los coches. Después de lo que nos dijiste en la mañana, pensé todo el camino cómo decirte esto.
Mira tú cómo es la vida, que la energía llama y las manifestaciones existen. Cuidado con las ratas.



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