He pasado uno de los mejores y más apasionados fines de semana de mi vida con una persona que conocí en videollamada.
—Pronto estaré en México y me gustaría verte; si te apetece, podemos tomar un café o una copa.
Cerré la computadora después de 20 minutos de una buena dosis de sonrisas y al cabo de un par de minutos, la volví a abrir para escribirle mi teléfono por correo. —Este es mi número, me encantará tomar ese café contigo cuando estés acá. Después de un minuto me escribió:
—Hola, Sara, aquí Alex.
Veintitrés días después de nuestro primer encuentro y muchas conversaciones inconclusas, Alex llegó.
¿Cuándo fue la última vez que te dejaste llevar por instinto?, ¿por pasión? Porque alguien te hizo sentir que valía la pena dar; dar aunque no supieras qué ni a quién.
El lema de la vida debería ser “amar es de valientes”.
Hace tres horas dejé a Alex en el aeropuerto. Lo último que vi de él fueron sus “morritos” —labios— haciendo gesto de tristeza utilizando sus dedos para simular lágrimas. Pasaron muchas horas para que decidiera sentarme aquí y, a través de mis palabras, tratar de hacer justicia de lo que vivimos.
Todo empezó el jueves, no lo podía ver porque las agendas no se acomodaban, sin embargo, por obra del destino le cancelaron su junta de las 11 y, por impulso, decidió que sería buena idea buscar la dirección de mi trabajo e ir a verme.
—¡Qué chulas tus oficinas! Sé que es complicado que salgas y lo entiendo, pero tenía que intentarlo… si había un 20% de posibilidades de verte, lo iba a tomar.
Al cabo de una hora, bajé, crucé la calle y lo vi sentado en una cafetería; se veía guapísimo. Se levantó del asiento donde estaba y nos abrazamos fuerte, como si hubiéramos esperado por ello. Regresé a mis labores temblando. Volando.
No lo volví a ver ese día, pero hablamos un rato por la noche. Nunca le había pedido a Dios que por favor la persona que me estaba poniendo de frente, fuera un buen tipo; que me tratara bien y con respeto, porque lo que estaba a punto de aceptar de la vida era una experiencia con alguien que no conocía: un salto de fe.
Así que, como si fuera un chapuzón hacia una alberca con agua fría, salté; y qué bueno.
Al siguiente día pasé por él a su hotel, entró a mi coche y no esperó para tomar mi cara con sus manos suaves, acercarse a mi rostro y darme un beso en los labios: sutil, apasionado; un sabor diferente, dulce, tierno, gentil.
Tiene los ojos verdes más envolventes que jamás había visto en mi existencia; supongo que solo hay dos de esos, los de él y los de su padre.
Por la noche, fuimos a cenar y tomamos un par de copas. Al regresar, me tomó de la cintura y me besó en la calle. Hace mucho tiempo no dejaba a nadie que me besara en “público”, pero parecíamos dos adolescentes que se estaban reconociendo. Dos almas que entre beso y beso, tomaban un suspiro para verse a los ojos y regalarse sonrisas infinitas.
Me parece que estos días han sido meses. Entre más paso en la computadora tratando de llenar estas páginas con detalles importantes que enaltezcan lo que pasó, la memoria me despega del teclado, cierro los ojos y percibo su aliento cerca de mi cuello y escucho claro lo que me dijo tanto:
—Me encantas, bonita.
No me atrevo a contar mucho más de lo que estos escasos, muy escasos días nos dieron, pero agradezco cada segundo la locura que me invadió cuando accedí a seguirle el paso, a conocernos más, y poner en el baúl de mis recuerdos el sabor de su piel, la sensación de sus manos con las mías cuando caminábamos por la calle; el imán que de pronto hacía efecto con nuestros labios, el grito de emoción que me regalaba cada vez que tiraba bien una “bola de pared” cuando jugamos pádel.
—La tierna y hermosa manera en que regresó a mí después de formarse en la fila del aeropuerto solo para darme un último beso.
Dicen que la vida está llena de señales, solo hay que estar abierto a escucharlas. Hoy de regreso a casa, pensaba en todos los momentos que pasé con Alex, y lo natural que se sintió estar cerca de él. Saqué a mi perrita de paseo y de pronto escuché a una niña que estaba en el columpio del parque gritando:
—¡Estoy volando! Estoy imaginando que subo al cielo. El viento me está empujando y eres tú—, le decía a su mamá.
No lo pude describir mejor. Así me sentí estos días.
Camino a casa, pensaba que tenía que escribir esto cuando, de pronto, me encontré de frente a alguien de mi escuela de escritura. Era obligado.
Estos días me sentí llena de vida, de energía. Me encantó saber que estaba haciendo lo correcto por que simplemente era lo que mi corazón me decía. Me dejé seducir por alguien que yo elegí; conocí más palabras y resignifiqué otras. Le di voz a mis pensamientos y me quedé con todo esto:
—Me gustas para siempre.
—Mi bonita
—Mi muñeco
—Me has hecho sentir demasiado
—Me encantas
—Despertar así siempre
Aún tenemos muchas cosas pendientes que acordamos pasarían: bailar, reír horas, volver a despertar juntos, que conozca a mi madre. Para ser sincera, no sé si vaya a suceder, pero aquí me pregunto, ¿qué hubieras preferido, Sara?, ¿este amor fugaz o jamás haberlo vivido?
Ahora él está en un avión de vuelta a casa, y yo, yo como la canción: “quisiera estar en el aire para llegar hasta ti, amor”.

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